En los tiempos de Pablo, en el mundo judío y romano, el hombre tenía la convicción de que su familia era de su propiedad. La mujer no era reconocida, no tenía valor ni tenia derechos. Los hombres podían solicitar el divorcio por cualquier cosa que les disgustara de su mujer: una falta, un defecto físico o una enfermedad.
Pablo, en esta parte de Efesios, habla contra todo esto, dando el valor y la importancia que realmente le da Dios a la mujer, otorgándole sus derechos y deberes dentro de la unidad familiar, al igual que al esposo y sus hijos, y es que Cristo nos hace iguales a sus ojos.
La esposa debe tener una actitud de sometimiento, pero siempre y cuando lo que haga el esposo no esté en contra de Dios. También tiene que respetarlo.
El esposo, por su parte, debe ser responsable de su familia, debe tener una relación no autoritaria con su mujer, debe buscar siempre bien de su esposa, amarla como a si mismo y honrarla.
Los hijos tampoco se libran, deben obedecer a sus padres (algo que no está de moda). Ésto es algo justo. Ellos se preocupan de que no les falte alimento, ropa e incluso, les conceden más de un capricho (siempre que esté al alcance de sus posibilidades). Aquí nos recuerda el quinto mandamiento:
Honra a tu padre y a tu
madre, como Jehová tu Dios te ha mandado, para que sean prolongados tus días, y
para que te vaya bien sobre la tierra que Jehová tu Dios te da. Deuteronomio 5:16
Pero los padres también tienen obligaciones con sus hijos: deben enseñarlos y disciplinarlos, pero de manera justa y moderada, sin provocar el rencor en sus hijos.
Por tanto, una relación familiar con éxito se da si hay sumisión mutua, amor y obediencia. Si alguno de estos tres falla, pueden haber problemas. Es difícil que estos tres elementos se den con la misma intensidad, pero si dejamos que la voluntad de Dios nos guíe, y no nuestros intereses, todo puede ir mejorando
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